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Como acontecimiento de fondo que se precie, la maratón es una carrera en donde se pone a prueba la resistencia, la física y, tan importante como ésta, la mental, sobre todo cuando las cosas no van como te gustaría. Hoy ha sido uno de esos días que tocó sufrir y es que en ningún momento conseguí mantener un ritmo constante. Mismo en los kilómetros en los que me encontraba entero, era raro que se mantuvieran dos kilómetros en los mismos parámetros pese a que el perfil de la maratón es plana.
Llegué a Sevilla con la familia el sábado al mediodía y como deseoso del acontecimiento lo primero que hicimos fue ir a recoger el dorsal y realizar breve recorrido por la feria del corredor, donde cayeron unos calcetines “Wrightsock” para estrenar al día siguiente. Los regalos me gustaron: camiseta de asas, visera y pantalón técnicos, pin, llavero y un número de la revista “Distance Running”. Resumiendo por 16’75 eurillos una pasada.
El resto del día lo dedicamos a lo típico: instalarse en el hotel, hacer acopio de víveres, preparación del material para la carrera para evitar despistes de última hora y… finalmente visita a un italiano para cargar el depósito.

Normalmente la noche previa no suelo dormir ni mucho ni muy profundo. Así que tocaron 6 horas y despertar en cuatro ocasiones, aunque afortunadamente consiguiendo volver a dormirme tras darme la vuelta. A las 6:04 tocó levantarme y comenzar con el ceremonial: tras unos estiramientos bajo a desayunar. Impresionante el número de pirados que somos. El Residencial Barceló estaba completo y el buffet desayuno también. Tras las típicas conversaciones con los compañeros de mesa: que de dónde soy, que cuántos maratones llevamos, qué tiempo nos gustaría realizar…me subo a la habitación para terminar de prepararme: vaselina, esparadrapo en los pezones y volver a estirar esperando que la musculatura sea más que nunca cómplice de mi reto.

A mi me gusta las cosas con tiempo por lo que a las 7:45 salgo caminando para el estadio. Una vez allí meto la ropa en la bolsa que nos entregaron para guardar en la consigna y me echo radiosalil. Quedan 30 minutos y toca volver a estirar para después calentar en las pistas del estadio unos 2 Kms a un ritmo muy suave. Cuando faltan 10 minutos decido ponerme en la línea de salida. Como ya se sabe como funciona el personal decido colocarme en el cajón de 2h 30’ – 3h 00’ y os puedo garantizar que no me excedí porque en los primeros 2 Kms pasé a mucha gente, más de la que me pasó a mi. El día se preveía frío y así fue. A la hora de la salida hacían escasos 3º y al mediodía no pasamos de los 8º. En los primeros 3 Kms fui de incógnito (llevaba la camiseta del club tapada por una de algodón, por lo que acepto una posible sanción) y con guantes.
La estrategia es intentar seguir un ritmo de 4’30’’ durante toda la carrera lo que garantizaría un grandísimo resultado. Digamos que el objetivo principal es acabar pero después estaría bien estar por debajo de 3h 30’, muy bien bajar de 3h 20’ y “de matrícula” el sueño de conseguir 3h 15’.
La prueba empezó con 4’ de retraso y pese al lugar que me posicioné tarde 48’’ en pasar por la alfombrilla. Como suele ocurrir en los primeros cientos de metros prácticamente no puedes correr. Al final de la recta del estadio afrontas la única que se puede considerar cuesta de la prueba y que te permite salir al exterior del estadio por debajo del graderío. Es una sensación gloriosa porque todo el mundo está excitado y gritando produciendo un griterío sobredimensionado al estar en un espacio cerrado. En el 4º Km me sobrepasan tres miembros del CAR Betanceiro con los que comparto los siguientes 4 Kms. Llegado el 8º pienso que estoy yendo demasiado deprisa (al final dos acabaron un poco por debajo de las 3 horas y el otro en 3h 13’) y les deseo buena carrera.

Intento seguir la estela de otro grupo en el que el ritmo sea un poco más bajo. Así “me pego” a dos corredores del Montellano de Sevilla. Son Kms en los que todo el mundo va fresco y conversando alegremente. No siento frío y decido sacarme los guantes pero hay un ligero viento molesto por lo que en el Km 12 me veo con fuerzas y aprieto un poco para coger un grupo al que veía desde hacía varios Kms a escasos 100 metros y en el que iban varios corredores más altos y tras los que pienso que puedo ir bien protegido. Se trata de 3 triatletas (no me acuerdo del nombre del club que ponía en sus camisetas). Con ellos iré hasta el Km 23 en el que ya no puedo seguir su ritmo. Aunque pasé la media maratón en 1h 36’56’’, no me encuentro con buenas sensaciones. Ya empiezo a mentalizarme para sufrir y me intento animar siguiendo la cuenta atrás (contando los Kms que quedan). A partir del Km 23 me marco como meta no superar los 5’/Km e intento alejar de mi pensamiento la idea de echar a andar. Los Kms entre el 27 y el 29 son descorazonadores. Van pasándome corredores a los que intento engancharme en vano. Me pregunto si voy a conocer al señor del mazo y me digo para animarme, que no, que estoy cumpliendo con los deberes, hidratándome cada 2’5 Kms y tomando glucosa y geles (Kms 12, 22, 29 aprox.). Mis gemelos se están empezando a cargar y la zona del pubis tampoco va cómoda. Curiosamente ni rastro del dolor de la fascia lata que me ha perseguido en el último mes y medio. Y es en el Km 30 cuando tiene lugar un hecho determinante. Es cuando un corredor que me cogió en el 27, lo dejé en 28 y ahora en el 29 me pilla (otro ejemplo de los vaivenes en los ritmos) y consigo pegarme a él como una lapa. Cada vez los gemelos los noto más cortantes y me empieza a molestar la planta del pie derecho. Imploro para que no se agrave y me fuerce a ir andando, pensamiento que no se ha ido de mi cabeza. El desgaste psicológico se acrecienta al rodar por avenidas largas y muy anchas que te intensifican la sensación de “nunca acabar”. Yo sigo “chupando rueda”, sin un solo relevo a mi compañero, más bien salvador, pero mi estado no me lo permite. Bastante hago con seguirlo. Será por remordimiento de conciencia, me decido a comentarle que voy bastante tocado. Él no me mira con mala cara y me comenta que de pulmones va bien pero que el cuadriceps no le deja ir a más ritmo. Desde el 34 observo que el ritmo decae y ya estamos prácticamente a 5’/Km. Me consuelo empezando a observar corredores que alternan correr con andar, otros parados en los puestos de la Cruz Roja. Ya se sabe que no se consuela el que no quiere. Mi “ángel de la guarda” se me escapa inexorablemente en el avituallamiento del Km 40 cuando un corredor se para en seco y nos hace frenar, pero no importa, ya sólo quedan 2 Kms (y es que los 195 metros restantes que son comparados con la inmensidad del océano), sólo queda echarle bemoles. Faltando 1’5 Kms se divisa el estadio olímpico, pero el muy cabronazo no acaba de llegar. Cuando accedo por la rampa que hay por debajo del graderío la musculatura se me clava como cuchillos. Una vez en la pista la emoción te embarga durante esos 300 metros finales, sobre todo en la recta de llegada llena de familiares cómplices de estos chalados maratonianos. Al comienzo de la recta diviso el crono y compruebo que aún cabe la posibilidad de realizar marca personal. Toca un último esfuerzo para intentar bajar de 3h 28’ 23’’.
Finalmente paso la marca por 5’’ pero la real es 3h 17’40’’. En el fondo sólo es una anécdota. Lo importante es que uno se siente orgulloso de ser un maratoniano. Pasada la línea de llegada un buen número de voluntarios te dan una toalla conmemorativa (se agradecía con la temperatura ambiente existente) y te ayudaban a sacar el chip. Después de recoger la bolsa con víveres toca el reencuentro con la familia. Tras los besos y abrazos vamos andando hacia el hotel, animando a los valientes que van camino de la meta, dando calor especialmente a aquellos que llevan un ritmo cansino o mismo van andando, a aquellos que llevan un gesto desencajado pero orgullosos de ser maratonianos.