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El 7 de noviembre de 2010 estaba marcado en el calendario desde finales del año pasado. Junto a mi compañero Mincha (Fernando Abreu) me propuse recorrer las calles de Manhattan participando en el más mítico maratón del planeta. Preparar la distancia realizada por el legendario Filípides lleva su tiempo e inscribirse también requiere una antelación prudencial (la demanda es muy superior a la oferta y hay dos vías para conseguirlo: acreditar marca mínima en los últimos 12 meses o entrar en un sorteo). Se trata de una prueba que supone un importante sacrificio en tiempo y esfuerzo. Esta era la 5ª vez que afrontaba los 42,195 m. Por primera vez seguí un plan de entrenamiento de 17 semanas con la ayuda de otro compañero de equipo y entrenador, Igor (Pedro Gonçalves). Supuso acumular 90 entrenos con una carga de trabajo que fue incrementándose paulatinamente y que me llevó a llegar en óptimas condiciones para el día D. Hasta el punto que el objetivo inicial de 3 horas 15’ me parecía bastante factible y soñaba con las 3 horas 10’. Por supuesto todo con la debida cautela que supone afrontar una distancia de fondo y la multitud de factores que pueden influir en el rendimiento puntual el día de la prueba. En este sentido el maratón puede resultar muy canalla ya que poder resarcirse de unas circunstancias adversas requiere el paso de varios meses para permitir al cuerpo una recuperación adecuada y su consiguiente nueva preparación. En este caso tenía como novedad añadida la larga distancia que separa Galicia de New York con los dos vuelos que había que coger con una escala en Barajas. Nos decidimos por desplazarnos el viernes 5 de manera que el día previo a la carrera fuimos a la feria del corredor a recoger el dorsal, comprobar el perfecto funcionamiento del chip, ojear entre la amplia gama de productos desde textiles hasta alimentación que existían y como no, comprar algunas prendas. La bolsa del corredor que te entregan lleva cosas varias. Productos cedidos por casas publicitarias, desde barritas energéticas hasta una camiseta conmemorativa de manga larga bastante lucida.
La ciudad vive con gran entusiasmo el maratón. Toda persona que se entera que vas a correr al día siguiente te desea buena suerte. Llámese inquietud, nerviosismo, excitación. La cuestión es que normalmente la noche anterior suelo dormir poco y ligero. En esta ocasión había que levantarse a las 3:45 para coger el metro, luego un ferry y después un autobús. Faltando 3 horas para el pistoletazo de salida ya nos encontrábamos en el recinto de espera, situado al aire libre. El día amaneció sumamente frío e intentamos combatirlo como buenamente pudimos haciendo acopio de un café y algo de comer ofrecido por marcas patrocinadoras. Además llevamos ropa vieja que dejaremos cuando empiece la fiesta y que será recogida por una ONG para repartir entre los necesitados.
Acciones rutinarias típicas antes de ponerse a correr son intentar descargar el cuerpo de lastre y estirar. En lo que no cumplimos con el guión previsto fue en calentar. A las 8:30 dejamos en el guardarropa la bolsa en la que dejas la vestimenta con la que abrigarte al terminar y nos encaminamos a la zona asignada por la organización para la salida (en el argot conocido por cajón) y que se organiza en base a los tiempos acreditados por los corredores. A diferencia de otras ocasiones ese lugar es transitorio de manera que faltando sobre 45’ un cordón de voluntarios nos fue encaminando al pie del puente del Verrazano. Tiempo tuvimos pero espacio para trotar no. Lo máximo que logramos es realizar estiramientos.
Sabíamos que nuestro cajón, el número 2, nos permitía salir adelante pero no pensábamos que tanto. Tardamos escasos 6’’ en atravesar la línea de salida. Algo increíble en un evento que reúne a más de 45.000 personas. Antes del pistoletazo que te indica que la fiesta ha empezado escuchamos el himno estadounidense. Escucho a Fernando “dale caña” y como un resorte me dispongo a coger un buen ritmo. Nosotros salimos al lado izquierdo de la mediana del puente. La élite sale por la derecha y unos metros atrás (se debe a que el circuito en los primeros Km va separado y los de la derecha hasta volver a confluir recorren unos metros de menos que se compensan en la línea de salida). Cuando llevo escasos 300 metros pasan por mi derecha los llamados a conseguir la gloria y ya tirando del grupo una leyenda en activo de este deporte: Haile Gebrselassie.
Salgo a un ritmo más fuerte de lo previsto y al terminar el puente y entrar en Brooklyn me desembarazo del chuvasquero y el forro polar y me quedo en ropa de faena. Las piernas y hombros los noto rígidos pero como de pulsaciones voy bien decido seguir con el ritmo que me marca el reloj. Aveces miro para él pensando si estará fallando porque estoy haciendo parciales por debajo de 4’20’’/Km y me pasan bastantes atletas. El ambiente es inmejorable con gran cantidad de gente en las aceras animando a los corredores y cada pocos metros grupos de música amenizando la fiesta .
En el Km 13 enlazo con un compañero de A Coruña que pretende hacer 3 horas. Me dice que prefiere ser cauto en los primeros Km. Comentamos el ambiente increible que estamos viviendo. Paulatinamente mi acompañante aumenta el ritmo y en el 17 decido no seguirle. No me quiero cebar.
La maratón está perfectamente organizada y un gran número de voluntarios nos ofrecen agua o bebida isotónica cada pocos Km.
Poco antes de cruzar el puente Pulaski paso por la media en 1 hora 33’ 18’’ (media sobre 4’22’’/Km). Si consigo mantener este promedio haría 3 horas 6’… pero el maratón solemos decir que no empieza hasta el Km 30 y además las sensaciones siguen siendo de agarrotamiento muscular. Me animo pensando que es algo temporal, que lo importante es que las pulsaciones indican que voy bien.
Atravesado el puente entramos en Queens. Es el tramo menos entusiasta del trazado desde el punto de vista de la animación. Y de repente mi ritmo se resiente y se acercan a 4’45’’. En el Km 24 atravesamos el puente de Queensboro que nos lleva a Manhattan. Sus dos Km de longitud se me hacen durísimos y mi ritmo cae hasta 5’40/Km. Es un tramo en el que se junta el gélido ambiente (los puentes son las únicas zonas del recorrido en los que no hay personas animando, con el cansancio y el perfil arqueado de la estructura que atraviesa el East River. Es un contraste maravilloso entre el silencio que te acompaña al cruzar el río con el griterío con el que te recibe el gentío al entrar en la Gran Manzana. Resulta como un subidón de adrenalina que me ayuda a recuperar el ritmo de 4’45’’ durante el trascurso por la First Avenue. Con todo, la cabeza quiere pero las piernas no responden. Cada Km que pasa el tren inferior va más cargado.
En el Km 31 llega el siguiente puente, el de Willis Avenue, que comunica Manhattan con el Bronx. Por este barrio se corre escasos 2 Km porque se enfila el puente de Madison Avenue que te vuelve a llevar a Manhattan. A estas alturas de la carrera soy consciente que no lograré bajar mi marca personal. Ya no soy capaz de bajar de 5’00/Km y mi pensamiento se centra en mentalizarme haciendo progresivamente la cuenta atrás de los Km que quedan. Pese a los ánimos de la multitud las piernas no quieren. Son como palos rígidos. Lo peor está por llegar en el Km 39 cuando el isquio de la pierna derecha me pega un latigazo que me deja la pierna en el aire. Me tiro al suelo y me pongo a estirar. Al incorporarme compruebo que sigue igual. La frustración me asalta en ese momento. Me tiro al suelo nuevamente y pienso que me tengo que retirar a falta de tan poco. Del público sale un “ángel de la guarda” que me ayuda a estirar. Vuelvo a intentarlo y por lo menos veo que puedo correr con dificultades. Esta es la parte más bella de la carrera. Ya estamos en Central Park y la gente animando está abarrotando ambos márgenes de la calzada. En el Km 40 me paro en un puesto de asistencia sanitaria y me masajean las piernas. Tras unos minutos me dispongo a emprender la marcha y tengo la sensación de que mi musculatura puede romperse en cualquier momento si sigo corriendo. Analizo friamente la situación: si sigo corriendo puede producirse una rotura muscular y el peor enemigo de los atletas en forma de lesión y la inactividad que conlleva en las siguientes semanas. Decido ir andando hasta los últimos metros. Entre el gran número de corredores me pasa Mincha animándome a seguirle per ola decisión está tomada. En los siguientes dos Km mi ritmo supera los 11’/Km.
Cuando atisbo la línea de meta decido entrar trotando. Finalmente son 3horas 34 minutos y 55 segundos de tiempo oficial.
Una marca lejana de mis intenciones pero estoy feliz y es que superar el maratón es una victoria. Traspasada la línea me dan la medalla y una mantatita que se agradece porque el día sigue estando muy frío. Me queda una larga caminata hasta nuestro camión guardarropa (desventajas de estar en el 2º cajón. Voy superando furgón tras furgón y corredores que en ocasiones están bastante peor que yo. Desafortunadamente nuestro furgón tiene una cola importante y toca seguir sufriendo la dura climatología. Finalmente Mincha y un servidor conseguimos abrigarnos y estiramos un poquito y nos hacemos una foto para la posteridad.
Ahora toca descansar, pero poco porque el 6 de marzo tengo una cita con el maratón de Barcelona y en diciembre habrá que empezar la preparación.

PD. Dedicado a mi entrenador, a los seres queridos que ya no están, a mis hijas y sobre todo a mi mujer.

Beauvais