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Por JR

Vires acquirit eundo (“La fuerza se adquiere avanzando”) – Virgilio.

“La verdadera victoria no es la que se consigue tras una batalla ganada, sino la que obtenemos al aprender a levantarnos tras las batallas perdidas.” (Anónimo).

Sábado noche. Estoy nervioso. Lo noto yo. Lo percibe mi esposa. Nunca he corrido una distancia así. Sé que va a ser una prueba dura, por eso los nervios no me dejan conciliar el sueño.

Cuanto más se acerca la noche más inquietud me invade.

Sábado 3 a.m.. Sigo despierto y tengo que madrugar para la carrera más importante de cuantas he corrido hasta ahora: el “VI Ultratrail do Barbanza”, en la distancia de trail de 35 km.

Domingo 8 a.m.  Salimos hacia Riveira. Apenas he dormido tres horas. De camino le comento a mi mujer que me gustaría dedicar este trail a mis compañeros del club C.A.R Marisqueiro por todo el apoyo y ánimos que me han brindado desde que llegué al club. Le parece una buena idea .

Llegamos al punto de salida y el miedo, esa tenaza farisea, se empieza a apoderar de mi cuerpo, y empiezan a asomar los primeros pensamientos negativos: “No estás preparado”, “Te falta entrenamiento”,  “Estarías mejor en casa”,  “Tú no vales para esto”… El enemigo hace su aparición de forma prematura.
Dorsal en mano me dirijo hacia el arco de salida donde me encuentro a mis compañeros, los avezados Ramiro Álvarez y Alfonso Costas. Dos sonrisas tranquilizadoras. El poder de la veteranía. El calor del compañerismo.
Tras la foto de rigor, la #carmafoto, les comento que siento que necesitaba un mes más de entrenamiento. El poder de la veteranía habla: 
 “Corre con cabeza; ve con cuidado y si tienes que andar, andas”.

Ramiro, Alfonso y yo mismo. Con compañeros así…

El consejo retumba en mi conciencia: “Corre con cabeza”.  De acuerdo. Tengo ocho horas para acabar la prueba, tiempo suficiente por delante. Mi objetivo es ese: llegar a meta y romper ese muro que me frena.

Salgo sin prisas, a mi ritmo, sin pretensión de sobreesfuerzo.

El primer error lo cometo pronto. En el kilómetro 2 me detengo (une petite urgence, vous savez…) y pierdo de vista al grupo con el que corría. Soy ya el último del pelotón, pero no le doy importancia: mi propósito es acabar la carrera.

Sigo hasta una cascada preciosa que reconozco de otras pruebas disputadas en la zona y enfilo una cuesta, sigo corriendo… De repente me doy cuenta de que no localizo las cintas de baliza. Me he perdido. De acuerdo:  doy media vuelta hasta la última baliza que vi, e intento buscar otro indicador para continuar… No lo localizo.

Me doy cuenta de que no debí separarme del grupo. La visión reducida que padezco por causa del glaucoma me la está jugando y, como no podía ser de otra manera, los pensamiento negros – mi enemigo acérrimo – aparecen de nuevo: “No vales para esto. ¡Retírate!”. Omito esas señales engañosas del ánimo empañado y, en ese momento, se levanta una ligera brisa atlántica que hace  bambolear una cinta naranja. Es la baliza.

Consigo llegar hasta el primer avituallamiento. Me doy cuenta de que voy más lento de lo que yo creía, pero tengo el tiempo suficiente para completar el recorrido.

En el cruce donde se bifurcan los itinerarios de las cuatro pruebas: ultratrail, trail, minitrail y camina aprecen de nuevo los pensamientos aciagos que intentan desanimarme. Casi sin saber por dónde, un miembro de la organización de la carrera aparece de algún sitio para darme ánimos y decirme que continúe, que siga las balizas… Pero de nuevo, mi falta de vista me la juega y paso de largo, sin darme cuenta de que dejo atrás la cinta indicadora. Tengo que volver sobre mis pasos y encuentro de nuevo al chico de la organización que me indica el camino correcto.

Consigo llegar al segundo avituallamiento después de varios kilómetros siguiendo el camino trazado. No he perdido de vista las balizas pero el dios Neptuno no me lo pone fácil y me envía una siembra de frío granizo. No me rindo y, retador, miro al cielo y grito con todas mis fuerzas: “¿Crees que me voy a rendir? No lo voy hacer. ¡Te estás volviendo viejo! ¡Antes me enviabas tempestades con olas gigantescas! ¡Movías la fragata como un barco de papel! Apedrearme no conseguirá que desista!” 

Unas orondas vacas frisonas gallegas me miran atónitas: “Un humano loco, un runner alienado”. (No les falta razón).

La divertida estampa de la que soy protagonista se acaba pronto y vuelvo a la realidad: me he vuelto a perder.

Busco con desespero la señalización y decido que, a partir de ese momento, iré mucho más lento, realizando tramos de baliza en baliza, afianzando el recorrido.

Llego a una bajada que me hace frenar en seco. Vienen a mi mente mis perros y cómo bajarían ellos esa ladera: a saltos. Guardo los bastones y, como uno de mis perros, desciendo en saltos de cabra, para enfilar el tercer avituallamiento. Parada. Y el gran Manolo Castiñeiras como siempre infligiendo ánimos. Intercambiamos varias palabras y unas risas, también unos bocadillos de Nocilla y un “¡Ahora nos vemos!”. Me desea suerte para el tramo final.

Desfilo por la pronunciada por una ‘corredoira’. Estoy disfrutando: de bajar como un morlaco, del viento contra mi cara, de la música que está sonando, de no pensar…  Algo así es lo que deben sentir mis perros cuando corren sin un destino fijo, sólo por el gusto de correr… Y ahí cometo mi segundo fallo, y el que me remata. La estocada.

Mi enemigo vuelve, pero esta vez no dice nada. Está silente, pero amenazante como es él. Sólo se ríe. Se burla. En la euforia de esa carrera  ladera abajo, me he vuelto a perder.

Esta vez, sin fuerza suficiente para deshacer los pasos dados, me rindo a la evidencia de que estoy perdido, fuera del trazado. Dejo caer los bastones mientras mi oscuro enemigo sigue con su bufonada.

Grito de impotencia: “¿¡Por qué!? ¡Si iba bien! ¿Por qué me distraje?”.

Y tras ese grito, viene los más dolorosos: “¡¿Por qué tengo esta maldita enfermedad?!”

En ese momento me rompo y lloro. Es mi enemigo el que habla por mí.

Llamo a mi mujer. Ella espera impaciente. Tiene desde ayer una mala sensación con esta prueba. Le digo que me retiro. No puedo ocultarle el llanto.

Llego a la aldea de San Isidro, curiosamente al mismo pueblo donde se celebró el primer trail que abandoné. Y en eso minutos de espera, mientras ella me viene a recoger, mi odiado enemigo me machaca y me hunde cada vez más, hasta llegar a convencerme de que deje de correr trails.

Encarna, mi mujer, llega, se baja del coche y me abraza. Siento su calor; me reconforta. Pero, esta vez, mi enemigo negro se ha cebado conmigo y no soy capaz de levantar el ánimo.

Mientras volvemos hacia Riveira mi esposa, que ha estado callada un largo rato, me dice:

“Si  hace falta, entrenaré y correré contigo. Quizá no trail, quizá no grandes distancias. Pero empiezo a correr contigo y seré tu lazarillo”. 

Sentado en el coche, cabizbajo, hundido, aquella frase causó el resurgimiento de mis cenizas, como el ave Fénix.

Llegamos a Riveira, devuelvo el chip y notifico a la organización mi abandono. Y, aún abatido por la retirada, entramos en el mesón para comer. Allí, sentados, los mismos veteranos de la salida, Ramiro y Alfonso, empezaban su almuerzo al que nos unimos.  Me explayé contándoles mi vivencia. Y ahí, al calor del compañerismo, querido enemigo mío, noté que te empezabas a sentir incómodo y esquivo. Con cada palabra de ánimos, de vivencias, de experiencias, de ilusión relatadas por estas dos ‘almas de trail’ yo me iba sintiendo mejor, y tú, mi odiado enemigo, te hacías cada vez más pequeño.

Y, entre tú y yo, como en la película ‘Los Inmortales’ de Russell Mulcahy, los dos sabemos que “sólo puede quedar uno”.

Poco a poco me iba sintiendo mejor, recuperando el ánimo físico y anímico. Y al final, con el café de sobremesa, lo que te venció, la estocada que te condenó a la oscura gruta de donde no debieras salir nunca fue la frase de mi esposa. Esa frase que me había dicho a mí a solas, ahora la rubricaba ante dos magistrales testigos: “Seré tu lazarillo si hace falta”.

Ahí, en ese momento, perdiste la batalla, y te disolviste como un azucarillo en el café.

Y, mientras removía el mío decidí cuál iba a ser mi siguiente trail.

“La batalla más difícil la tengo todos días conmigo mismo”. Napoleón Bonaparte.